Mientras el café se enfría...
"De todos los cafés del mundo,
tuvo que elegir el mío."
Casablanca, 1942
Victoria observaba la calle apoyada en la ventana, de vez en cuando surgía de sus labios un suspiro que empañaba el cristal, era entonces que aprovechaba el tiempo que tardaba en desempañarse para jugar al "gato", curiosamente no había ganado ninguna partida, ni por el lado de las cruces ni por el de los círculos, probablemente se debía a que su mente estaba demasiado dispersa como para pensar en el juego. Cerró los ojos por un instante y cuando los abrió vio a Eduardo, quien la miraba extrañado mientras ponía el café en la mesa. -Gracias- dijo Victoria tratando de contener las lágrimas que se apelmazaban en sus pupilas, se llevó la mano a la boca, y con un delicado movimiento se giró de vuelta hacia la ventana. Era tarde, y las luces comenzaban a brillar en la calle, que estaba desierta... y pronto también lo estaría la cafetería... afuera lloviznaba, así como ella lloraba por dentro y parecía que no existía un lugar seco en el mundo... se quedó en silencio durante un largo rato, mordió sus labios y se recargó sobre el asiento mientras Eduardo la miraba silencioso al otro lado del mostrador, en un lugar en que ella no podría verlo...
Victoria enjugo una lágrima que velozmente se había escabullido hacia sus mejillas y tomó un sorbo de café, esté le supo amargo, no sólo por la usual amargura propia de la bebida. Había algo en ella, en su alma cadenciosa se alzaba el suspiro benevolente de la tristeza y el café quemaba al roce de su garganta. Un día terrible sin duda alguna, suspiró, un día cuyo recuerdo era tan obscuro que ni ella entendía, al final, lo sucedido. Ahora estaba indecisa entre pararse a pedir un endulzante o quedarse tamborileando la mesa y simplemente aceptar que no podría suavizar el efecto que el café tenía sobre ella, al menos, no con azúcar...
Se levantó lentamente, casi como si temiera caerse y giró hasta ver a Eduardo, que aún la miraba fijamente sin decir palabra. -¿Tienes algo de azúcar?- Preguntó distraída y él se ruborizó, pensó que tal vez lo había descubierto mirándola, pero ella no dijo nada, sonrió con nerviosismo y tropezó con un banco, era uno de esos momentos de torpeza que solía ver en las películas de antaño, todo parecía un accidente, pero estudiado de cerca todo estaba planeado, todo por una sonrisa. Eduardo pensó que su torpe tropiezo la haría alegrarse un poco, pero no fue así, ella se quedó parada en medio de la cafetería, confundida, pensando que debió de haber permanecido en su sitio...
Eduardo agarró entre sus manos un par de sobres de azúcar y le tendió la mano, ella dudó por un segundo, pero las tomó y después de hacerlo, notó que sus manos estaban aún sobre las de él y que, a decir verdad, no quería que fuera de otra manera, entonces las necesitaba. Eduardo se acercó y con una leve caricia apartó el alborotado cabello negro de su rostro, esperando guardarlo detrás de su oreja. Victoria se quedó en silencio y separó su mano, él sonrió, al menos obtuvo una respuesta. Victoria viró a todas las direcciones posibles y volvió a su asiento, endulzó el café con las manos temblorosas y cerró los ojos.
Eduardo cansado de la actitud de Victoria se sentó frente a ella ¿Qué importaban las políticas de la compañía a las diez de la noche? -¿Qué pasa?- le preguntó a su mejor amiga... A partir de entonces, y, mientras el café se enfriaba; la escuchó atento y tomó su mano, haciéndole saber que siempre estaría allí para ella, y que a su pesar... aunque tal vez nunca habría un felices para siempre para ellos, él la estaría esperando.
Ahora, mi sueño se cumple, pensó... al menos, mientras el café se enfría...

Belatish.
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